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Jaime Arce González. Veterinario clínico.
El
gato común europeo proviene del gato salvaje africano, que en el
antiguo Egipto comenzó a merodear por casas y graneros, atraído por la
abundancia de ratones, que a su vez, se habían instalado allí por la
facilidad para encontrar alimento y cobijo. El hombre no invitó, ni a
gatos, ni por supuesto a ratones, a compartir su casa, pero no tardó en
darse cuenta de la utilidad del gato y de que su presencia suponía
menos perdidas de grano y menos enfermedades. Fue así como el gato se
acercó por primera vez al hombre, y éste supo agradecer los servicios
prestados tolerando su presencia y estableciendo con él un pacto de no
agresión.
El tiempo hizo el resto y del roce cotidiano surgió el afecto. Es fácil
imaginar a un egipcio, miles de años antes de Cristo, embelesado al
contemplar los elegantes movimientos de un gato acechando una presa, la
ternura con que una gata cuida su prole o la placidez con que sestean al
sol cuando no tienen nada mejor que hacer. Seguramente, en esos
momentos, se cruzó una importante frontera y un gatito entro en un
hogar egipcio para compartir, no sólo casa y comida, sino algo de otra
naturaleza, el cariño. Pasándose así, de un pacto de no agresión a
otro afectivo.
A partir de este momento el reconocimiento hacia el gato creció rápida
y enormemente por todo Egipto hasta el punto de ser considerado como una
divinidad. En consecuencia, se prohibió cualquier práctica que
atentase contra su dignidad, llegándose a condenar a muerte, al
insensato que se atreviera a matar un dios gato.
Numerosos hallazgos arqueológicos como los cementerios de gatos,
algunos incluso momificados, y la gran cantidad de representaciones artísticas
que tienen como objeto al gato, algunas con 4.500 años de antigüedad,
evidencian el enorme cariño que sentían por estos animales.
Se supone que fueron los griegos, interesados por su utilidad, quienes
sacaron de contrabando algunas parejas de gatos egipcios para luego
comerciar con sus descendientes por el Mediterráneo, comenzando así
una tímida expansión del gato por Europa que lo conduciría a manos de
los romanos, quienes más tarde, con el auge de su imperio, llevarían
al gato mucho más lejos y en mayor número, acompañando a sus legiones
y asentándose con ellas por todo el continente. Hubo pues una época
dorada para el gato, que duraría varios miles de años, en la cual fue
primero valorado por su utilidad y después querido como animal de compañía.
Mucho más recientemente, en la Edad Media, al comenzar por toda Europa
la caza de brujas alentada por la inquisición, el gato, por sus hábitos
nocturnos, se pensó que tenía tratos con el demonio, que podía ser
una de sus manifestaciones o como poco uno de sus aliados; de modo que
tener un gato era poco recomendable, ya que podía levantar sospechas de
brujería y terminar con dueño y gato en la hoguera. Este ambiente
enrarecido hizo del gato el chivo expiatorio de los miedos más
irracionales; y matar gatos, se convirtió en un acto de fe repetido en
numerosas fiestas, como la de San Juan, donde en muchos sitios se
arrojaban gatos a las hogueras.
El hombre rompió así un pacto suscrito miles de años atrás con el
gato y que tan buenos frutos había reportado a ambos, para comenzar a
perseguirlo de forma sistemática por toda Europa y llevarlo casi a la
extinción. Incluso cuando la peste negra asolaba nuestro continente a
mediados del siglo XIV, y sabiéndose que era extendida por las ratas,
que campaban a sus anchas por la falta de higiene pero también por la
escasez de gatos; aun entonces, el gato seguía siendo considerado un
demonio.
La Edad Media fue una época de oscuridad , donde la razón y sus
manifestaciones en los distintos campos del conocimiento y las artes fue
sustituida por el fanatismo y el miedo, permitiendo que lo más vil del
ser humano marcase el rumbo durante este largo periodo involucionista de
la historia, no tan lejano del presente como nos convendría.
Habría que esperar al final de la Edad Media y la llegada del
Renacimiento para que el gato estuviese mejor visto en Europa. No
obstante, mucho de lo que se hizo y pensó durante el medievo caló
hondo y su huella impregna creencias actuales, sirva como ejemplo la
superstición que todavía muchas personas tienen hacia los gatos
negros, si cruzan por tal o cual sitio, les miran de esta o aquella
forma y la relación que encuentran entre ello y que les suceda alguna
desgracia o se tuerzan sus planes. En resumidas
cuentas, ante un mismo gato, un egipcio vio un Dios donde un europeo
vería un Demonio. Va a ser cierto que todo es relativo y depende del
color del cristal con que se mire, y como para gustos colores, el gato
sigue despertando grandes pasiones pero también grandes odios. Aunque
afortunadamente en ninguno
de los casos, se llega a los extremos del pasado.
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