Jaime Arce González. Veterinario clínico.

      Copito, el gorila albino del zoológico de Barcelona, se esta muriendo de un cáncer de piel. La noticia me ha recordado un viaje que hice a Barcelona, una ciudad bonita y cuidada que, a pesar de su tamaño, no resulta inhumana. Barcelona tiene muchas cosas de las que enorgullecerse, pero el zoo no es una de ellas.

      En muchas estaciones de metro había carteles enormes con la cara de Copito invitándonos a visitarlo, a admirar semejante capricho de la naturaleza, a ver el único gorila albino del mundo, eso sí, en cautividad. Cometí el error de aceptar la invitación y me acerqué al zoológico, un lugar pequeño y sombrío, lleno de animales sin apenas espacio para moverse, que cansados hasta de revelarse ya ni siquiera lo intentaban, tranquilos de puro aburridos.

      Todos daban pena, pero Copito especialmente, por su rostro casi humano, por su actitud, sus gestos, la mirada... estábamos viendo un enorme grandullón enfadado y triste, sentado dándonos su enorme y blanca espalda, era difícil verle la cara, pero en ella se adivinaba un hartazgo crónico, igual que en su gesto emborricado, en su cruzar y descruzar los brazos, nervioso e irritado, como haciéndonos un corte de mangas.

      El habitáculo donde estaba era pequeño y una mampara transparente lo separaba de su público, que la aporreaba una y otra vez, para que el animal se volviese e hiciese alguna gracia. Todos esperábamos otra cosa y encontrarnos con tanta tristeza en los ojos de aquel gorila, era demasiado para una tarde de Sábado que sin duda, comenzaba a torcerse.

      En los zoológicos peor acondicionados, los animales son a menudo tratados con cócteles de tranquilizantes y antidepresivos, imagino que así disimulan mejor y no transmiten aquello que no queremos ver, cuando vamos al zoo con la pretensión de pasar un buen rato.

      De niño no me divertía ver a un señor vestido con lentejuelas hacer pasar, a base de látigo, al rey de la selva por el aro. Tampoco me divirtió ver, en el zoo de Barcelona, un montón de animales salvajes enjaulados de por vida.

      Resulta más gratificante y está al alcance de cualquiera, calzarse unas botas cómodas y salir al campo, sin prisas, en silencio para no espantar a todo ser viviente en kilómetros a la redonda, mirando unas veces lo cercano, una araña atrapando un insecto en su tela o una fila de vistosas orugas en procesión, otras veces lo lejano, un águila ratonera planeando majestuosa, escuchar el canto de un jilguero, oler la tierra mojada, cosas hermosas que están cerca de nosotros de modo natural y de las que podemos disfrutar sin pagar entrada.

      África debe ser fascinante, sus colores tan distintos, su calor, los ruidos de la selva, una manada de antílopes corriendo, una jirafa ramoneando en la copa de un árbol o unos leones comiendo una presa recién cazada. Me gusta saber que existe, por eso no volveré a un zoológico como el de Barcelona, porque no tiene nada que ver con esto, porque lo bello se queda por el camino y lo que se ve es la tristeza en la cara de los animales y el afán que a veces nos hace pretender tenerlo todo, y a demás cerca, con parking, cafetería y tienda de recuerdos, incluso aquello que no nos corresponde. ¿Qué hace un gorila en  el centro de Barcelona?