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Cadena
perpetua por matar a su perro.
Javier del Pino, Washington. EL PAÍS, lunes 7 de junio de 2004
Hay una cierta dosis de demagogia al definir a
James Abernathy como el hombre que se enfrenta a una cadena perpetua
por matar a su perro, pero el sistema legal de California, más
interesado en el castigo que en la reinserción, permite esa
aberración jurídica; Abernathy, puede, efectivamente, pasar el
resto de su vida en la cárcel por haber decapitado a su perro.
En un país en el que uno de cada dos hogares
tiene un perro, el bienestar de las mascotas se ha convertido se ha
convertido en una obsesión enfermiza que contrasta -por seguir en
el sendero de la demagogia- con el desinterés hacia determinadas
injusticias sociales. Hay que tener perro y reverenciarlo en
público para estar realmente integrado en el estilo de vida
americano, que incluye casa en los barrios residenciales con garaje
para dos coches. Aquí a los perros se les habla como si fueran
bebés y se les trata como si fueran reyes.
En una sucesión normal de los acontecimientos, a
Abernathy "sólo" le habrían caído tres años de cárcel
por matar a su perro. Es lo que fijan las leyes de ese Estado por un
delito de crueldad contra los animales.
Pero California es también uno de los Estados
pioneros en la aplicación de la llamada "ley de los tres
delitos", más conocida como "Tres delitos, y se
acabó". La legislación impone penas de entre 25 años y
cadena perpetua a quien cometa tres delitos violentos. Es la
antítesis de la reinserción: se considera que ese limite -tres
delitos violentos- es la demostración clara de una criminalidad
crónica e incorregible que merece apartar para siempre de la
sociedad al infractor. En California la norma es aún peor porque el
tercer delito que colma el vaso de lo permisible no ha de ser
necesariamente violento. Cualquiera vale. Incluso matar un perro.
Abernathy ha sido un maleante, eso no lo
discute nadie. Tiene un historial repleto de múltiples delitos
menores y dos mayores, dos asaltos a mano armada. Los cometió hace
18 años y los pagó con largas condenas. Desde 1986, a Abernathy
sólo le faltaba un delito para verse encerrado de por vida en una
cárcel. Y lo cometió.
Una noche discutió acaloradamente con su novia.
el perro pagó los platos rotos. Abernathy golpeo al animal con un
palo de golf, le clavó una estaca y le cortó la cabeza con unas
tenazas de jardinero. Al perro, una hembra de Pastor alemán, le
había puesto el nombre de su novia, Marie.
Después, nervioso y medio llorando, llamó a la
puerta en casa de la vecina para pedir ayuda, o quizá consuelo.
Dijo estar "mentalmente mal" y pidió, a quien abrió la
puerta que no llamara a la policía "porque me iba a meter en
un lío". La vecina llamó a la policía.
Declarado culpable de matar al perro, su abogado
intenta demostrar ahora que lo hizo victima de problemas mentales,
la única vía que tendría su cliente para cambiar la cadena
perpetua en prisión por una larga estancia en un psiquiátrico. El
fiscal asegura que el acusado "finge los supuestos problemas
psiquiátricos" igual que fingía "oír voces" en
cuanto fue detenido por la policía.
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