Jaime Arce González. Veterinario clínico.

        De niño convencí a mis padres para traer un perro a casa, nos decidimos por una pastor alemán que al llegar bautizamos como Roda; nos pareció un buen nombre de perra, corto, sonoro y diferente a las palabras habituales; eso evitaría que se diese por aludida en nuestras conversaciones. Como es fácil suponer, la condición para que Roda se quedase, era que el menda se encargara de sus cuidados y educación; lo primero era trabajoso, para qué engañarnos, pero también sencillo, lo segundo fue harina de otro costal.

        Roda llegó con poco más de dos meses, una edad estupenda, pues ya aprendió con su madre y hermanos, algo tan importante para ella como es, a ser perra y a comportarse como tal; y creó también, los vínculos afectivos con su familia "perruna" que luego trasladará a la familia humana que la adopta. Esto sucede con especial fuerza cuando el cachorro llega a casa antes de terminar el período de impregnación (que dura los tres primeros meses); de modo que si adoptamos un cachorro antes de terminar dicho período, también él, nos adoptará como su familia.

        Cuidarla era fácil, tenía la fregona a mano e intentaba que no aparecieran pises por casa, especialmente en la alfombra , pero como el tiempo pasa rápido, y más para un perro, el trabajo de "recogepises" terminó pronto. Otros cuidados eran más divertidos, y así, del cepillado hicimos un juego más, lo mismo que del baño, aunque este sólo una o dos veces al mes y terminábamos pingando los dos; los paseos eran tres al día y ni que decir tiene lo bien que lo pasábamos.

        En lo referente a las comidas, como aún no había piensos de perro, Roda se crió con comida casera, y aunque mi madre era reticente a traer un perro a casa, sabía mejor que nadie lo importante que es la alimentación; así que le cocía unas veces arroz y otras macarrones, con algo de carne y verduras, entre las que no faltaba la zanahoria, por aquello de las vitaminas. Y como una buena alimentación debe ser variada, la acostumbramos a comer fruta, yogures, y de vez en cuando algún capricho como un trozo de queso. Cuánta razón tenía, Roda se crió fuerte, sana y guapísima.

        En poco tiempo, con sus juegos y pillerías, Roda se ganó la simpatía y el cariño de todos, de modo que si hacía alguna trastada, alguien conservaba la calma y la disculpaba, ponte en su lugar, sólo es un cachorro, ya aprenderá... y el percance terminaba con unas risas; sin embargo, las disculpas no durarían siempre así que era necesario enseñar a Roda ciertas cosas.

        Como a cualquier niño, me gustaban los animales y especialmente mi perra, pero no tenía ni idea de como enseñarle absolutamente nada, debía aprender y para ello compré un libro. Se titulaba " Todo sobre el pastor alemán" y en el prólogo me chocó leer " para educar un perro sólo es necesario que el dueño sea más inteligente que el perro", sonaba faltón, pues evidentemente esto sucede siempre. Seguí leyendo y la mayoría de las cosas resultaban de sentido común. Al terminarlo comprendí que era un buen libro, ya que según lo leía, iba entendiendo a mi perra y por eso, por qué ella no me entendía a mi. A eso se refería el prólogo, pues aunque los perros sean muy inteligentes, cualquiera de nosotros lo es más, y como el entendimiento debe ser mutuo, todo resulta más fácil si damos el primer paso esforzándonos por comprender a nuestro perro antes de enseñarle aquello que debe aprender; ya que un perro, aunque a veces lo parezca, no es una persona; así que hay que "explicarle" las cosas de forma que pueda comprenderlas y no esperar que nos entienda del mismo modo que lo haría otra persona.

        Recuerdo un chiste sobre franceses que dice: "que al pan le llamen pain, pase, que al vino le llamen vin, también puede pasar, pero que al queso le llamen fromage no tiene perdón." Seguro que en Francia lo cuentan al revés, y somos nosotros quienes no tenemos perdón; lo mismo sucede con los perros, hablan otro idioma. Así que no sería una tontería ponernos a cuatro patas, "olvidar" nuestro lenguaje, intentar pensar como ellos y después, ver si somos capaces de comprender a esos "otros perros" un poco raros ( para ellos es lo que somos), ¿franceses tal vez?, tan altos que no hay manera de verles bien la cara, sin expresividad en las orejas, sin rabo, y esto sí que no tiene perdón, con la cantidad de cosas que dice el rabo; que no se les entiende al ladrar, algo sordos, pues soportan ruidos que harían huir a cualquier perro normal, que se fían más de la vista que de cualquier otro sentido y por eso dicen que una imagen vale más que mil ladridos, cuando cualquier perro sabe que el refrán dice: "un olor vale más que mil ladridos", o como ese otro, conocido también por los perros, "dime como hueles y te diré quien eres.

        Al terminar la prueba, comprenderemos que para cualquier perro somos nosotros los que hablamos francés y que seguramente les resultamos poco expresivos y algo aburridos, pues nos preocupan cosas tan poco importantes para un perro como mancharnos, y por eso jugamos poco con ellos. Así que sería más fácil que nuestro perro entienda ciertas cosas, y nos obedezca, si nos tomamos la molestia de comprar un buen diccionario y aprender algo de francés.